miércoles, 4 de octubre de 2017

ALIEN, EL OCTAVO PASAJERO (PERO EN CLASE VIP)

De un tiempo a esta parte se viene haciendo uso (y abuso) del calificativo "fascista" para injuriar a quien no piensa como nosotros.
¿Que eres más alto que yo?: fascista; ¿que eres más listo?: fascista; ¿que no haces lo que yo hago?: fascista, ¿que no saludas a mi bandera?: fascista... y así, dale molino,  ad nauseam. 
La cosa empezó hace bastante y estamos (yo al menos lo estoy) hartos de escuchar este término como único argumento para descalificar al otro, sin saber muchas veces lo que "fascista" significa de verdad, sin pararse a reflexionar lo que el fascismo supuso para la  humanidad y sigue suponiendo, pues su semilla es duradera y su sombra alargada cual ciprés de Delibes.
Ahora, con lo que está pasando por Cataluña, vemos  que, de repente, se ha llenado de fascistas (o ya lo estuvo y no los habíamos visto hasta ahora). 
La historia se repite más que la cebolla y no aprendemos nunca en cabeza ajena, aunque el camino esté lleno de cabezas decapitadas y de gritos de dolor. No. Aquí nadie escucha y nadie aprende, porque el aprendizaje supone un esfuerzo, una capacidad para sacar conclusiones, una mínima inteligencia deductiva para analizar y no dejarse llevar por el primero que grita ¡a por los fascistas! y ondea cualquier enseña como único reclamo y justificación, cuando, a lo peor, este gesto sea tan (o más) fascista que el fascista a quien se pretende anular. Estaríamos ante la presencia de, al  menos, dos clases de fascistas, cuando fascismo hay sólo uno: uno, grande y libre, en todo el mundo, porque el fascismo es ubicuo y monolítico.
Más allá de Auschwitz y Birkenau, más allá de las cruces gamadas o del Ku Klux Klan, hay formas más sutiles de fascismo, menos evidentes, pero igualmente dañinas, formas con las que convivimos como se convive con las bacterias, hasta que se vuelven agresivas, creciendo exponencialmente, haciendo de la infección una muerte segura, sin marcha atrás. Los fascistas contemporáneos, niegan serlo; es más: no saben que lo son, están más allá de las etiquetas, porque lo que les importa es el poder y prefieren tenerlo y estar ocultos, que hacer desfiles con antorchas (para eso están ya los adoctrinados de turno, los peones, la carne de cañón). Se limitan a lanzar el miedo como argumentario, el odio como justificación y la difusión de lemas simplistas como estrategia; todo desde el anonimato y el blanqueo, utilizando una democracia que odian y de la que, sin embargo, se sirven como los cuervos se sirven de un cadáver putrefacto. Fascismo como Alien: monstruo perfecto que a todo se adapta, de todo se alimenta y a todo sobrevive, oculto entre las sombras a la espera del autómata perfecto, del desfile de banderas regurgitadas para ser lanzadas a la cara del otro con el desprecio que el odio, y sólo él, es capaz de parir.

lunes, 11 de septiembre de 2017

DE LA BUTIFARRA AL MIGUELITO O ¡VIVA LA COCINA NACIONALISTA!

Siempre me han puesto los pelos de punta las grandes multitudes arracimadas en torno a cualquier bandera; no lo puedo remediar. Desde muy joven he huido de los estadios, de las procesiones, de los conciertos ruidosos, de los toros y en general de todo tipo de aglomeración que supusiese masa poblada con gritos de enardecimiento, acogotamiento, soflama o arenga.
Hay muchos tipos de nacionalismo; todos incluyen, de una manera u otra, las masas, los lemas, los gritos, las banderas, las arengas y la exclusión; todos me dan repelús.
Hay nacionalismos más o menos agresivos, más o menos estúpidos, más o menos radicales: hay quien necesita un gol del equipo contrario para mostrar su cólera; hay quien necesita un asalto a la carroza de la  virgen de turno para mostrar su fe; hay quien necesita una bandera, un estandarte, una reliquia, una fiesta patronal, una pícnic de barrio, para mostrar su pertenencia a una tribu de élite... ¡qué sé yo! Para todos será ese equipo, esa bandera, ese estandarte, esa fiesta, ese pícnic, ese logotipo o esa imagen venerada, lo único, lo mejor del mundo: su pequeño mundo. Pero, claro, el mejor de los mejores. Así, el jardín de mi urbanización estará por encima del Gran Cañón o de los jardines colgantes de Babilonia y el museo del ajo de mi pueblo le dará sopas con hondas al mismísimo Moma. No habrá país, ni nación, ni patria, ni barrio, ni patrón milagroso, que nos superen en nada, en ningún otro lugar de la geografía mundial. Y todo será reducido a cánticos, a himnos, a fronteras, a pendones ondeantes. 
Los nacionalismos reducen el discurso político a las fronteras y a la superioridad frente al otro, al enconamiento visceral, a la endogamia. Y a la butifarra o al miguelito como únicos referentes culinarios. 
Cuando Hitler dijo que "el pueblo tiene que ser liberado de la confusión desesperada del internacionalismo para ser educado deliberada y sistemáticamente en el nacionalismo más fanático", sabía lo que decía. Y todos sabemos qué hizo después.

miércoles, 30 de agosto de 2017

EL CAMINO DE BALDOSAS AMARILLAS DE FÁTIMA O CÓMO COMPRENDER LA TEORÍA DE ALBERTO (EINSTEIN)

La vida es un continuo misterio que se va desarrollando frente a nuestros ojos asombrados, una sucesión de hechos inexplicables (o al menos extraños)... hechos, fenómenos, ecuaciones que arrojan incógnitas sin resolver las más de las veces, dejándonos sumidos en la duda y/o en la ignorancia. Así seguimos sin comprender muy bien este artefacto llamado vida, atado a tantas cosas que nos hacen y nos deshacen con paciencia y exactitud de relojero suizo.
Uno de los grandes misterios existenciales es el concepto de relatividad (tan abstracto, tan lejano), que ha sido confín de frikis, matemáticos y físicos teóricos. Para entenderlo un poco, hay que asimilar que existe una cuarta dimensión, cosa no tan fácil, acostumbrados como estamos a un mundo euclidiano bi/tridimensional.
Pero resulta que la cuarta dimensión existe y que se llama tiempo y resulta que el tiempo es condicionado a su vez por la masa y la gravedad, lo que nos mete en un follón de espacios curvos, agujeros de gusano y tiempos variables, condicionados  a la velocidad. Todo este galimatías (que apenas apunto) ha sido usado desde la ciencia ficción más delirante a la astrofísica más seria, y nos insta a comprender los mundos paralelos, las otras realidades posibles y los tiempos relativos.
Para demostrar todo esto de manera tan eficaz como sencilla, baste señalar a las personas que actualmente viven en una de las muchas realidades paralelas que inundan la cotidianidad con autopistas temporales y dimensiones imposibles. Pongamos, por ejemplo, que hablamos de Fátima Báñez, la ministra de trabajo, persona casi perdida en su burbuja de ficción paralela que desmiente toda razón y que construye sus jardines colgantes con mano de obra precaria en jornadas clandestinas de destajo a salario "cuasi mil eurista" (casi, porque ¡hay! no llegamos, no).
Sólo instalada en una realidad paralela, en la ficción absoluta, en la ignorancia supina o en la desfachatez descarada, se puede afirmar que "el empleo que llega es de mayor calidad que el que se fue con la crisis" o que "la recuperación económica es sana, sólida y social", o que "se ha logrado una recuperación sin dejar a nadie atrás!!!";  todo esto englobado en una "primavera económica" que es lo más parecido al camino de baldosas amarillas del Mago de Oz, incluido paisaje colorista, florecillas chillonas y otras yerbas alucinógenas.
Lo dicho. ¿Cuarta dimensión? Para quienes la quieran comprender, déjense de fórmulas, diagramas y ecuaciones: escuchen atentamente a la ministra; ella sí que sabe de dimensiones imposibles, de ciencia ficción y de política social (de paso).

viernes, 25 de agosto de 2017

MERECIDAS VACACIONES (¿O NO?)

En esta sociedad pautada en la que vivimos, todo está previsto: desde la multa que pagaremos por ir un kilómetro más deprisa de lo que indica la señal, hasta la edad en la que podremos jubilarnos... por decir algo. En estas pautas, en estos senderos que nos marcan, las vacaciones suponen un hito más, una práctica social más.
Vivimos (los que trabajen) todo el año más o menos agobiados por el trabajo, pensando en ese mes en el que poder escapar hacia playas abarrotadas, hacia países exóticos (eso sí, con estancia programada), hacia cabañas perdidas (pero con GPS, por si las moscas). La gente que habita grandes urbes sale despavorida, en procesión kilométrica, hacia mares, montes y monumentos, pasando de soportar atascos en calles a soportar atascos en carreteras y luego en playas, museos y "espacios protegidos" (de todo menos de turistas). Hay overbooking en hoteles, líneas aéreas, líneas de playa, restaurantes, trenes, gasolineras y pueblos con vaquillas sueltas y toros embolados; las visitas a exposiciones son un martirio, y es cosa de tremenda habilidad tratar de vislumbrar las obras expuestas por encima de hombros ajenos y gorras con "LOVE NY" serigrafiado; los menús del día languidecen en platos recalentados y los tintos de verano exhiben su rojo aguado por cubitos de hielo macizo (para que ocupen más)... Yo creo que algo estamos haciendo mal, me temo.
A pesar de todo, las "merecidas vacaciones" (para algunos) son cosa ansiada, necesaria y que da, socialmente, cierto marchamo de qualité... A la pregunta, inexcusable, de "¿dónde has ido de vacaciones?" (no se da la opción de "no he ido a ningún sitio"), hay que responder sí o sí, poniendo cara de "han sido muy cortas..." para luego entrar en prolijos detalles de paisajes, comidas y paisanajes, cuanto más lejanos, mejor; cuanto más caros, mejor. Lo malo (si lo hubo), se olvida; lo bueno (si lo hubo), se magnifica. Así somos ¡qué le vamos a hacer! 
Mientras, según Eurostat, un 40,3% de españoles (cifra cercana a la mitad de la población) no puede pagarse una sola semana de vacaciones fuera de su lugar de residencia... y según informes del  INE, recabando datos de 2015, uno de cada cinco españoles vive en el umbral de la pobreza y el 38,1 % de los hogares no tiene capacidad para afrontar gastos imprevistos. 
Y termino con una noticia de hoy: el Consejo de Ministros de este viernes no prorrogará el plan PREPARA de ayuda para parados sin ningún tipo de prestación. 
¿Dónde habrán pasado las vacaciones? Los señores ministros, digo.

martes, 15 de agosto de 2017

USAR PAPEL HIGIÉNICO PERFUMADO O HAY QUE SER POLÍTICAMENTE CORRECTO

El eufemismo es una "manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante" (DRAE dixit). 
Decimos "inodoro" (¿que no huele?), cuando estamos pensando "retrete", palabra más castiza, pero que suena mal, como a pedorreta que redoblara en braga oculta; decimos "hacer popó", cuando queremos decir "cagar", que no veas cómo suena; decimos "hacer aguas menores", cuando queremos decir "mear", que es escatología líquida; decimos "finado", cuando queremos decir "cadáver"; decimos "tercera edad", cuando pensamos en viejos; decimos "daños colaterales", cuando queremos decir "muertos inocentes"; decimos "reajuste de plantilla", cuando queremos decir "despidos a troche y moche"; decimos "trabajadora del sexo", cuando queremos decir "puta"; decimos "desacelaración económica", cuando queremos decir "crisis económica"; decimos "recursos humanos", cuando nos referimos a los que contratan y despiden personal; decimos "residuos sólidos urbanos", cuando nos referimos a la basura; decimos "tráfico de influencias", cuando nos referimos a los enchufados y corruptos; decimos "investigado", cuando hablamos de "imputado"; decimos "reforma laboral", cuando nos referimos a la dilapidación de los derechos de los trabajadores... etc. etc...
Hay otras formas de eufemismo, no verbales, de uso práctico: me refiero, por ejemplo, al uso de papel higiénico perfumado; me refiero a las bolsas de basura, también perfumadas; me refiero a cuando el camarero te pone en un restaurante el pan con la ayuda de dos tenedores, cuando antes, fuera de la presencia del comensal, lo cogió con las manos... o cuando un policía se dirige a ti con cara de mala hostia y te llama "caballero" (vaya usted a saber en qué adjetivo estará pensando en realidad). 
En fin, que todo debe ser sonoramente aceptable, olfativamente agradable, políticamente correcto (otro eufemismo para referirse a la hipocresía) y suave al tacto. Nada de imprecaciones, nada de malsonancias, nada de cacas, de pipí o de popó. 
Por eso, cuando veo que los corruptos salen de la cárcel y se pasean por las playas con desparpajo elegante; cuando veo que los que nos han robado a todos están tan ricamente cogiendo bronceado en las tumbonas (que mira cómo tiemblan), cuando veo a los chorizos institucionales lucir palmito, gafas polarizadas y bañador de alta gama... no me cago en todo, no: el tránsito intestinal se me acelera y sufro episodios de aerofagia que remedan conflictos tormentosos, con secreción de bilis añadida y profundos cuadros de exaltación justiciera. Luego se me pasa, claro. Así nos va.